Isla de perros, el Japón de Wes Anderson

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Cerezos de algodón de azúcar, paisajes similares a la pintura ukiyo-e de Utagawa Hiroshige y sonidos nuevos de las antiguas cintas de Akira Kurosawa, así es el Japón que retrata el estadounidense Wes Anderson en su última película de animación cuadro por cuadro, Isla de Perros (2018).

Wes Anderson regresa con el cine de stop motion después de El fantástico Sr. zorro (2009) para darnos un historia con alma y amor hacia la cultura japonesa, un medio entre lo occidental y lo oriental; así como una reflexión acerca de la relación entre los seres humanos y los perros, la lealtad y el nacimiento de la revolución en los espíritus juveniles.

La cinta narra la historia de Atari Kobayashi, un joven de 12 años que escapa para buscar a su perro Spots en la “isla de la basura”, donde todos los caninos han sido exiliados debido a una rara enfermedad “incurable”. Ya en la isla, Atari será ayudado por un grupo de perros que lo llevarán hasta los rincones más desconocidos para tratar de encontrar a su mascota, y con ello un secreto que cambiará el futuro de la ciudad de Megasaki.

Si quieres saber dónde encontramos el alma de Japón en esta película, aquí te dejamos algunas pistas.

Japón en color y movimiento

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Foto: El antepenúltimo mohicano.

Pagodas rojas y edificios modernos plateados, así transcurren los días en la ficcional Megasaki construida por los animadores artesanos de Isla de perros. Muchos de los escenarios están inspirados en cuadros estilo ukiyo-e, un tipo de grabado tradicional japonés popular desde el siglo XVII.

Los murales de las leyendas que se cuentan en la película, así como las imágenes de la isla y las olas del mar tiene bastantes similitudes, en forma y color, con las obras de los artistas Utagawa Hiroshige y Hikusai. Demostrando así una clara inspiración en la estética tradicional de Japón.

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Foto: Wikipedia.

Otro gran referente japonés que retoma Wes Anderson es al cineasta Akira Kurosawa, icónico director desde los años 50, tanto de Japón como del cine mundial. Algunos encuadres de sus películas son retomados como El infierno del odio (1963), El ángel ebrio (1948) y Los siete samuráis (1954).

Por si fuera poco y para dejarlo más claro, la cinta del estadounidense cuenta con una representación de teatro kabuki en honor de el “pequeño piloto” Atari. A pesar de todos estos homenajes a Japón, recordemos que es una película occidental, por lo cual encontraremos lugares cliché como referentes a la cocina japonesa y su wasabi mortal.

El sonido de Japón

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Foto: Revista Add.es

Una nueva versión de Kanbei & Katsushiro de Los siete samuráis, interpretada por la Orquesta Sinfónica de Toho, fue expresamente hecha para esta película de animación. Además, los sonidos de poderosos tambores y un gran leitmotiv de silbido a lo largo de la película dejan escuchar lo japonés más occidental.

La música fue escrita por el compositor francés Alexander Desplat, quien ya había trabajado con Anderson en El gran hotel budapest y El fantástico Sr. Zorro. Este compositor también ha dejado su talento en el sonido de filmes de directores como el mexicano Guillermo del Toro, el americano Ang Lee o el polaco Roman Polanski.

Otros espíritus japoneses

Algo que destaca en esta película es la conservación de muchos diálogos en japonés, a pesar de que varios no son traducidos por algún otro de los personajes, la idea de la trama queda clara. Con esto se pone en evidencia que, sin importar si hablamos inglés, español, japonés o lenguaje de perro, podemos compartir sentimientos y entendernos a partir de otras expresiones.

Asimismo, la cinta tiene todo el espíritu de la lucha juvenil. Aunque característica no única de Japón, los primeros en movilizarse para descubrir el secreto detrás del exilio de los perros son los jóvenes, pues ellos representan el motor del movimiento social. Tal como lo hicieron los estudiantes japoneses en 1968.

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Foto: Guía del ocio

Por último y no menos importante, tenemos que darle su lugar a la lectura de haiku, estilo de poesía japonesa breve que incorpora frases cortas con gran poder filosófico. “¿Quiénes somos, quiénes queremos ser?”, se preguntan los personajes a través de este género poético.

Isla de perros es una bella obra de animación artesanal, que viaja entre lo oriental y lo occidental, entre el alma de Japón y la visión desde los ojos de un americano. Además de una reflexión sobre nuestro papel con los otros, sobre la corrupción del poder y la búsqueda por la lealtad.

Si aún no has visto esta película aún está disponible en algunos cine, consulta las carteleras de las salas particulares y de la Cineteca Nacional.

 

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